La mujer e la denominada guerra de los cristeros

1er. Encuentro de estudiantes de historia centro-sur

 

Corrientes historiográficas e historia del siglo XX ante las crisis contemporáneas

 

La mujer en la denominada “Guerra de los Cristeros”

 

Héctor Paúl Ayala Valadez

 

Cód. 212231032

 

Universidad de Guadalajara

 

Centro Universitario de Ciencias Sociales y humanidades

 

homini_dei@hotmail.com

 

 

 

Resumen

A lo largo de la existencia del hombre, la mujer ha tenido una gran influencia sobre el género masculino y sus quehaceres, aunque no sea re conocida esta ardua labor femenina. En cada momento es parte fundamental de la existencia humana, en el nacimiento, educación, formación e incluso en los movimientos más pugnantes como lo son las guerras.

La historia de México manifiesta en sus líneas varias luchas, de independencia, libertad, cambios, revolución, de ideales. Pero en todas estas es el varón quien luce por su participación, despreciando la colaboración femenina en cada una de ellas.

La presente ponencia tiene la finalidad de presentar a la mujer de la de cada de 1921 a 1930, quienes vivieron y fueron participes de la llamada “Guerra de los Cristeros”. Las páginas de la cristiada están llenas de referencias implícitas y explícitas de la mujer, aunque evidentemente parezca que sólo está “Como la escopeta: Cargada y detrás de la puerta”.

De la misma forma se muestra otra cara de la mujer, la que no se limita a inculcar la moral o el compromiso social, dentro de las cuatro paredes de su hogar, sino que emprende un activo camino coyuntural e histórico, de acuerdo a las circunstancias fuera de su hogar, por la defensa y protección de los suyos y de sus creencias.

 

 

 

 

 

Introducción

El conflicto armado que se vivió México en la década de 1920 denominado “Guerra cristera” o “Guerra los cristeros”, no es más que una lucha entre dos grandes actores, el Estado mexicano y la iglesia católica. Este movimiento se prolongó de 1926 a 1929 durante el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles, esto por la resistencia de presbíteros, religiosos y laicos a la aplicación de las legislaciones y políticas establecidas en la Constitución de 1917 (González, 1980). Este movimiento, como muchos otros, tocó fibras íntimas, delicadas, como fue la religión y quienes más la sufrieron, es posible, que hayan sido las mujeres.

El movimiento social[1] no fue exclusivo de los varones religiosos o laicos, pues incluía en él a las mujeres, que tuvieron una gran participación, que incluso puede pensarse que sin su colaboración no se hubiera logrado superar este conflicto.

Las mujeres sufrieron una ausencia de voz, por lo cual no tuvieron la oportunidad de expresar su pensamiento acerca de la guerra[2]. Debe comprenderse que no es la apariencia anatómica lo que  posiciona al hombre y la mujer sino el atributo social que se hace en ella (Lamas, 2003).

La participación de la mujer no fue directamente detrás de las armas sino principalmente como miembros de una cofradía o asociación[3]. Así como la organización de brigadas feministas, por ejemplo la Brigada feminista de Santa Juana de Arco, que inició en Zapopan, Jalisco[4] (Villanueva, 2003), sus “palomas” (así eran llamadas las mujeres miembros de esta brigada) juraban obediencia y secreto; ellas lucharon, llevaron armas, mensajes, alimentos y otros, hasta los refugios de cristeros; escondían balas en corpiños, armas en canastas, arriesgando su vida; sufrieron cárcel, tortura, violación, muchas fueron fusiladas o ahorcadas (Calvario, 2005; Spectator, 1961). En la cristiada, las mujeres actuaron desde un sentir femenino de la religión y la fe, sin división de clases (Vaca, 1998) y mantuvieron viva la Cristiada (Meyer, 1997).

La mujer cristera en la familia

Para poder entender las características y cualidades de la mujer de 1920 a 1930, es importante primero entender la estructura familiar de estos años.

La unidad primaria y célula básica de toda organización social es la familia. Así pues, la familia es nuclear en términos generales[5], aunque, no dejan de encontrarse rancherías con estructura de familia extensa, donde todos son parientes de todos, con una procedencia varonil común.

Las mujeres, en tiempos de la “Cristiada”, comienzan su diaria labor a las 6:00 a.m. A esa hora, alimentan a los animalitos como son: gallinas, puercos, guajolotes, pollos, perros. Después viene la molienda de maíz, que deberá ser abundante, pues como se casan pronto los jóvenes (antes de los 20 años de edad), tendrán muchos hijos. El promedio es de ocho hijos[6].

Una vez que las tortillas y el almuerzo han concluido, sigue el aseo de la casa, el trabajo de costura y después nuevamente el trabajo de cocina, luego el de costura, o lavar la ropa, la cena, el rosario y el descanso.

A todo esto se debe incluir las compras en el mercado, los actos piadosos como la misa, visitas al Santísimo, y la atención a las hijas y los hijos.

Uno de los gritos armados quizá más conocidos por quienes viven cerca de la zona cristera, es el de “¡¿Quién vive?! ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!” (Cardoso, 1958), utilizado como una contraseña o clave para reconocerse entre los cristeros o incluso para demostrar la gallardía o el temple del carácter, muchos personajes de la cristiada, antes de morir fusilados o ahorcados dejaban desgañitar por última vez su garganta con este grito que más que salirles del pecho, les salía del alma.

Es una lucha porque Santa María de Guadalupe viva también, en las mismas circunstancias de Cristo, donde no importa si el precio del rescate que es vida de la religión, es la muerte para los fieles cristianos. Además, significa entender que no se trata de una lucha por un hijo (Cristo) y una madre (Santa María de Guadalupe), sino que es una lucha por una familia y para los fieles creyentes, uno de los sentimientos más arraigados es el de la familia, donde están todos juntos reunidos en el regazo de una madre.

Al realizar un análisis de algunos de los roles asumidos por las mujeres, tanto históricamente como coyunturalmente en los años veinte de ese siglo, encontramos que efectivamente, las mujeres desempeñan un papel primordial, protagónico en un mundo, en ocasiones, demasiado masculino. Ante este análisis, la valoración entonces es que no se entiende la lucha cristera si no es considerando a la mujer como impulsora, alentadora o artífice de un movimiento social que salvando su fe, salvaba su familia.

La mujer, el espíritu de la cristiada

Fueron las mujeres, llámense madres, esposas, hijas, novias, quienes ejercieron la verdadera presión socio-psicológica en los hombres a fin de convencerlos de “tomar las armas por cristo rey y la virgen santa María de Guadalupe”. Apelaban a que “lanzarse a la guerra” era un signo de hombría: “Todos los hombres a tomar Atotonilco y sólo las mujeres se quedarán en casa”(Meyer, 1997).

Para Juan Rulfo, “si no se entiende a la mujer no se puede entender la cristiada”, pues fueron ellas las primeras en participar en la defensa de la fe, desde sus circunstancias cotidianas, en los años 20.

En agosto de 1926, eran las más decididas a montar la guardia en las iglesias, y en todas partes los hombres se limitaban a desempeñar tímidamente un papel secundario, no enfrentándose al gobierno y a sus soldados más que para defender a sus compañeras.

La cristiada no se hubiera mantenido sin la ayuda constante de las espías, de las aprovisionadoras, de las organizadoras, sobre las que recaía todo el peso de la logística y de la propaganda.

Ya no es dolor lo que sienten las mujeres cuando ven partir a “los cristeros”, ahora es alegría y satisfacción de saber que sus papás, esposos, hijos, novios. ¡Cómo no admirar el espíritu de las mujeres tan firme que las hacía incluso alejar de sí a quienes más quieren: sus hijos! Una madre decía al último de sus hijos, cuando el último de los caballos que quedaba, relinchaba ante el ruido de las balas: “hijo, a ese caballo le hace falta un buen jinete”(Cardoso, 1958).

Ante estas palabras al muchacho sólo le quedó responder con presteza a las palabras de la madre. Fueron esas palabras de la madre el espíritu que lo impulsó a luchar por la defensa de la fe familiar.

Uno de los casos más conocidos de arrojo femenino, además del de la madre “Conchita”, es el de doña Elvira González de Vargas, quien una vez que “El maestro” Anacleto González Flores es descubierto en su casa y aprisionado junto con sus dos hijos, se despide de ellos con una frase que demuestra el alto grado de convencimiento que tenía de tratarse de una causa noble la de luchar por la fe y además muestra que el compromiso que inspiraba a estos jóvenes acejotaemeros[7] a organizar la liga de la Acción Católica, tarde que temprano podría culminar con la muerte: “¡Hijos míos, hasta el cielo!”[8].

Las cartas desde los campos de batalla expresan el cariño tan especial hacia las mujeres, quienes motivaban la defensa de la fe por la cual se encontraban lejos de ellas:

“…y a ti, madre mía, ¿Qué puedo decirte? Sólo que te amo y que el pensamiento de abandonarte, dejándote sin recursos es lo que me desgarra el alma. Muero tranquilo, eso sí; dios nuestro señor me está dando fortaleza; no llores, madrecita, reza nada más y confórmate; té queda un hijo más bueno que el que se va. Adiós. En la otra vida nos uniremos para no separarnos ya jamás, y ofrece el sacrificio de tus lágrimas por la conversión de tantos hermanos nuestros que están ciegos y no quieren ver. Tu hijo que te quiere. Juan”(Cardoso, 1958).

No dejan de sorprender las mujeres que no sólo animaban o impulsaban a los hombres, sino que ellas mismas tomaban las armas, como Agripina Montes “La Coronela” a quien los Federales imaginaban a la cabeza de las tropas de la Cierra Gorda de Querétaro, quizá no era un caudillo guerrero, pero organizó el alzamiento de Manuel Farías, en Colón, y lo propagó por toda la región con una energía absolutamente militar.

Cristeras, Madres

Desde siempre, las mujeres han tenido que hacerse cargo del hogar, a ellas ha correspondido la transformación de la casa (construcción física, patrimonio aportado por el padre) en hogar. Son ellas quienes dan vida a esas cuatro paredes que forman la casa habitación. Su espíritu y ternura maternal son un cobijo para las hijas e hijos, sea que el padre esté presente como en los casos de ausencia del mismo.

Luis Padilla Gómez, uno de los jóvenes más cercanos a Anacleto González Flores, habiendo perdido a su padre a muy temprana edad, encontró en su madre y sus hermanas un sustento para fortalecer su fe, e incluso ingresar al seminario.

Una oración a María compuesta por Luis, expresa el grado de afecto que le tenía a su madre, es asimismo reflejo de una educación tierna, solamente adquirida junto a ella:

“María: antes que el mundo fuera, Tú ya eras en la mente del Altísimo, pura como la luna, Tú en tu concepción sin mancha, vencedora del dragón. Tú en tu nacimiento, esperanza del Mesías. Tú en el templo, modelo de vida oculta. Tú en la encarnación, punto de unión entre la humanidad divinizada y el Dios humanizado. Tú Belén, primer altar del niño Dios. Tú en el calvario, supremo sacerdote que ofreces a tu propio Hijo Divino. Tú en el cielo; nuestra única esperanza. Tú siempre ¡Madre!”[9].

Recias y frías exteriormente, las madres de los cristeros no dejaban de sentir interiormente la ternura y compasión de una madre ante la partida de sus hijos. Aún cuando sabían que era inminente la separación de su lado para tomar el camino de las armas, no dejaban de prodigar caricias a sus hijos y de bendecirles, besándolos largamente.

Se trataba de sentimientos encontrados. Por un lado el deseo de ver a los hijos enlistarse y responder a una “noble” causa; pero, por otro lado, la angustia y tristeza del corazón por el presentimiento de, tal vez, no volver a ver a sus hijos.

Un caso lleno de dolor, se manifestó cerca de Guadalajara donde fue cogido un niño de doce años porque andaba repartiendo hojitas del boicot contra el gobierno. Le preguntan quién se las dio a repartir, el niño no responde palabra. Lo amenazan con azotes y con la muerte; pero no cede. Esperan con plan diabólico, a que su pobre madre, que lo busca desolada, vaya a ver si está en la cárcel. Llega en efecto, la infeliz mujer, con alimento para su hijito. Allí, delante de ella, azotan cruelmente al valeroso niño. Pero la madre, lo alienta a cumplir con su deber, guardar el secreto, repitiéndole entre sollozos: ¡No digas, hijo, no digas! Acometidos de rabia infernal los sayones, al verse vencidos por un niño y una mujer, quiebran los brazos del pequeño de doce años quien al final murió.

Mujeres educadoras

Las mujeres educadoras conservaban la escuela privada y fundaron otras; a través de ellas continuaría un currículo que propugna sus ideas socioeducativas. Cabe pensar que al finalizar la Cristiada, la Iglesia como institución hierocrática no cejó en su lucha por la formación de conciencias, a través de la educación privada, donde intervienen las mujeres; sin dejar de mencionar su influencia en la familia y asociaciones pías. La batalla prosigue en el campo espiritual, es decir, la educación moral en toda su amplitud. No obstante, a través de la enseñanza escolarizada las mujeres encontraron una puerta hacia el espacio público, para muchas de ellas y sus descendientes, el hogar ya no fue su único espacio de acción.

Es importante estudiar las luchas por el control de los aparatos ideológicos, es evidentemente que el Estado había dado pasos firmes en la educación pública; pero la iglesia generó sus propias redes de poder; en Colima los vínculos con las autoridades estaban profundamente imbricados, así, la Cristiada coloca a la sociedad colimense en situación inédita de confrontación ideológica, Religión versus Ley. La magnitud del enfrentamiento en Colima es enorme, baste señalar el declive demográfico (71.85%), 25,826 personas mueren o huyen de la debacle.

La educación privada debe seguir estudiándose, ya que la educación Confesional es un espacio de formación, donde muchas se han hecho escuchar, pues como profesoras son ampliamente aceptadas, al asociarse esta profesión a los estereotipos del género femenino.

Aunque la educación del estado u oficial no llegó temprano a las zonas rurales, la iniciativa privada llevó adelante este camino de educación formal. Entre las más importantes se encuentran las escuelas parroquiales dirigidas por la Iglesia católica.

Obviamente quienes llevaban adelante esta tarea formativa en las escuelas parroquiales fueron en su mayoría mujeres y ex-seminaristas. Tal vez por ser quienes con más facilidad acataran la voluntad del sacerdote o tal vez por ser quienes con más claridad veían los objetivos de una verdadera educación que no fuera utilitaria.

En otros casos, las mismas religiosas llevaban adelante sus colegios, como las Siervas de Jesús Sacramentado, quienes en Arandas, impartían clases con severas restricciones, a escondidas, disfrazadas según lo expresa don Alfonso Fonseca: “con esa fuerza interior que sólo llega del Supremo”.

Principalmente en la Educación Primaria la mujer tuvo un papel muy decisivo, el funcionamiento de las escuelas en los pueblos o municipios se limitaba a una maestra y un pizarrón bajo los árboles. Para ayudar a la causa las escuelas para niñas se dedicaban a enviar cartas a la comunidad internacional solicitando apoyo a la Defensa de Libertad Religiosa, las cartas eran enviadas principalmente al Vaticano, España, Francia, Argentina y Alemania.

Educar para la vida, es educar también para la muerte. Quien enseña a bien vivir, enseña a bien morir. Esta educación más que conseguirse en las aulas de una escuela o en las bancas de un templo, se recibe en el hogar, donde las catequistas, educadoras, instructoras son las madres. Las puertas de la felicidad que cada individuo se construye tienen como modelo siempre las puertas que encontraron en el corazón de su madre, por eso, cuando un hijo, en tiempos de guerra, por defensa de la fe debe morir, los primeros recuerdos son los de una madre que así como enseño a bien vivir, enseñó, incluso, a bien morir.

“Cotija (Mich.) Febrero, lunes 6 de 1928. Mí querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de dios: yo muero contento, porque muero en la raya al lado de nuestro dios. No te apures por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis dos otros hermanos, que sigan el ejemplo, que su hermano el más chico les dejó, y tú has la voluntad de dios; ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú recibe por último el corazón de tu hijo, que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba. Nos veremos en el cielo. Nunca fue tan fácil ganarse el cielo. Tu hijo, José Sánchez del Río.”[10]

Mujeres Guerreras

Tal pareciera que hablando de la valentía, debiéramos hablar de los hombres, quienes no importándoles su vida, se arriesgaban hasta a lo inimaginable. Sin embargo, es honesto reconocer que las mujeres demostraron su valentía y decisión en los momentos en que les fue requerida tal virtud.

Teóricamente el amor propio y la valentía son valores masculinos; ahora bien, he aquí que la vergüenza la siente con tal violencia la mujer en el momento de la crisis religiosa, que suele ser ella quien toma la iniciativa de la rebelión.

¿Será que lo que constituye su inferioridad en tiempo normal, constituye su superioridad permitiéndole la rebelión unánime e inmediata?

Las mujeres guerreras rompen el estereotipo de género y se enfrentaron al enemigo. Un ejemplo de ello es Agripina Montes “La Coronela”, en Querétaro, que se convirtió en símbolo para sus tropas, organizó el alzamiento de Manuel Farías, en Colón, y lo propagó por toda la región con energía militar (Meyer, 1979: 77-79).

La generala Sara Flores Arias, mujer jalisciense que muere en 1927, junto con las colimotas Ángela  Gutiérrez, Faustina Almeida y Sara Ochoa, además del general en jefe del movimiento en Colima, Dionisio Ochoa y del coronel Antonio Vargas; en el campamento de la Yerbabuena (Volcán de Colima), al explotar la pólvora mientras preparaban bombas; la Brigada de Colima se denominará “María de los Ángeles Gutiérrez” (Spectator, 1961; Meyer, 1993a; Villanueva, 2003).

La brigada feminista primero procuraba dinero y alimentos a los combatientes, después, información, municiones, refugios y enfermería; una alumna de la Normal privada relata que, cuando tenía que auxiliar a algún enfermo o herido, el padre Nabor Victoria salía vestido de ranchero, acompañado por Sor Elena, de ranchera, cuando encontraba peligro en el camino, él empujaba y regañaba a Sor Elena como si fuera su mujer; ella sólo pujaba (Macías E., 2006). Estas mujeres transportaban pertrechos con peso de 15 a 25 kilos, ocultos entre sus ropas (González, 1930).

Las “delgadas, se nos veía gordas, como embarazadas, por el aumento de peso y porque ya no teníamos cintura […] eso era muy peligroso, creo que no estábamos muy conscientes del peligro, éramos muy jóvenes, de 15 a unos 25 años lo más, todas solteras […] las casadas tenían otras tareas (Arreguín, entrevista 1992).

Como mujeres verdaderamente formadas en la disciplina militar, se escondían entre los matorrales o las bardas, estas mujeres, llamadas “soldados de Cristo”, eran responsables de proveer de armas, de parque, vestidos, ropa, alimentos y otros víveres que ellas mismas sabían agenciarse, aun comprando el parque y las armas a los mismos federales (Cardoso, 1958).

Otro caso donde se puede verificar la valentía de las mujeres ocurrió el primero de agosto de 1926, afuera del Santuario de Guadalupe, en Guadalajara. Ante el intento de algunos soldados de entrar en la Iglesia, una mujer, de entre la muchedumbre, se acercó a uno de los oficiales y le hundió un puñal en la espalda. Ante tal acto, los demás soldados permanecieron indecisos, sin saber qué hacer, viendo recoger a la valiente mujer la espada y la pistola de su víctima, que fue a entregar a los hombres que contemplaban aquella escena tras el cancel del templo, diciéndoles. “Tengan esto para que se defiendan…”

Es claro que algunas mujeres en ese tiempo, al ver amenazada la vida de alguno de los miembros de su familia por las ideas espirituales y religiosas que profesan, no les importa actuar de esta manera tan poco usual e incluso escalofriante.

Comenta Doña Conchita[11], recordando sus años de militancia cristera:

“Yo era una muchachita de escasos 13 años, y me mandaban al Cuartel Colorado. Llegaba sin decir media palabra, con un morralito lleno de monedas de oro. En la entrada jamás me detuvieron, iba directamente a las escaleras donde encontraba a una galleta, Así les decían a las mujeres de los Federales, que se arrimaba y me daba otro liacho, un trapo amarrado por las cuatro puntas, recibía el envoltorio y le daba el mío, y salía sin decir palabra. ¿Sería la Virgen que me llevaba de su mano? ¿Por qué naiden me preguntaba nada? Iba hasta dos o tres veces por semana por un paquete; así me eché casi los tres años, llevando municiones a los cristeros…Yo llegué a hacer aquellos chalecos que se cruzaban en el pecho, como carrilleras para poner balas, los chalecos que se usaban bajo la ropa, era muy incomodo porque, por el peso, había que estar muy tiesa y aparentar ligereza en los movimientos. Había verdadero amor a Dios, estábamos dispuestas a morir, yo no tenía miedo” (Arreguín, entrevista 1992).

Brigada femenina de santa Juana de Arco

En el conflicto religioso, estuvo en las primeras barricadas alentando a los luchadores, ayudando generosamente a la causa sin rehuir peligros ni escatimar sacrificios. Por eso, cuando se empuñaron las armas para defender con ellas su fe y su libertad, la mujer mexicana pasó lista de presenta para aprovisionar a las fuerzas cristeras.

El Feminismo repentinamente consciente condujo a las Brigadas Femeninas a pretender dirigir la guerra, colocando a cada jefe de regimiento bajo la protección y el padrinazgo de una coronela.

Entre las asociaciones que se formaron se encuentra la Brigada Santa Juana de Arco, fundada el 21 de junio de 1927, 17 muchachas con la ayuda del seminarista Luis Flores González, fundaron en Zapopan, Jalisco, la Primera Brigada santa Juana de Arco, con el fin de apoyar a los combatientes, quienes se encontraban faltos de todo. Según la tradición las 17 se convirtieron en 17,000. Una asociación militarizada, con las siguientes comisiones autorizadas por la liga ACJM: finanzas, guerra, provisiones, beneficencia, información y sanidad.

Fueron ellas quienes aprovisionaban de armamento a los cristeros. Era una organización destinada a procurar dinero, a aprovisionar a los combatientes, suministrarles municiones, informes y refugios, a curarlos y esconderlos, la BB, organización secreta, imponían a sus miembros un juramento de obediencia y de secreto. La organización se extendió a todo el país. En poco tiempo, a las mujeres delgadas, se les veía gordas, como si en poco tiempo hubieron aumentado demasiado de peso o estuvieran embarazadas.

Eran mujeres solteras de 15 a 25 años de edad, dirigidas por un jefe de no más de 30 años, también se organizaron grupos auxiliares en los que había mujeres de más edad, mujeres casadas y niños.

De muchas formas tuvieron qué ingeniárselas para conseguir el abastecimiento de varios frentes en lucha. Como mujeres verdaderamente formadas en la disciplina militar, se escondían entre los matorrales o las bardas. Algunas fueron sorprendidas y encarceladas; sufrieron tormentos y martirios inenarrables y otras fueron enviadas al penal de las islas Marías.

Unas mujeres de Guadalajara tomaron como modelo a la muchachita de la edad media, Juana de Arco, ‘la buena Lorena’, que capitaneó la resistencia popular contra los ingleses cuando Francia parecía perdida.

Hubo funcionarios, autoridades pueblerinas y hasta militares sin escrúpulos que se olvidaron de sus deberes para caer en las redes de esas sirenitas de santa Juana de Arco, proporcionándoles cartuchos procedentes de las fábricas de los federales, con lo que los cristeros quemaron municiones.

Llamadas también “cooperadoras de los soldados de cristo”, o incluso “soldados de cristo”, eran las responsables de proveer de armas, de parque, vestidos, ropa, alimentos y otros víveres que ellas mismas sabían agenciarse, aun comprando el parque y las armas a los mismos federales, que forzados por la disciplina militar a combatir a los cristeros, lo hacían de mala gana, lo cual, como se comprende, ayudaba mucho a los triunfos de éstos, y cuando podían, vendían con gusto a las mujeres un armamento, que en sus manos estaba destinado a matar mexicanos heroicos.

Muchas de aquellas mujeres perdieron su joven vida en aquella lucha cruenta, otras vivieron prisión y martirio y el ultraje de sus cuerpos. Para ellas hay un lugar en la historia y una corona en el cielo.

Descubrí que las páginas de la cristiada están llenas de referencias implícitas y explícitas de la mujer, aunque evidentemente parezca que sólo está “Como la escopeta: Cargada y detrás de la puerta”.

De la misma forma encontré otra cara de la mujer, la que no se limita a inculcar la moral o el compromiso social, dentro de las cuatro paredes de su hogar, sino que emprende un activo camino coyuntural e histórico, de acuerdo a las circunstancias fuera de su hogar, por la defensa y protección de los suyos y de sus creencias.

En suma, reconocer la participación de la mujer en la cristiada, como la de cualquier mujer mexicana, es en justicia, hacer presente el espíritu que permea la lucha de la defensa de la fe: El sentimiento femenino de un pueblo por su religión, más pronunciado que el masculino, y el sentimiento femenino presente en el hombre que impulsa decididamente a enfrentar a sus connacionales.

 

Bibliografía

Calvario Zamora, Crispín. Recuerdo y memoria de la Cristiada. Gobierno del estado de Colima, Asociación colimense de periodistas y escritores. 2005 Colima, México.

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Díaz, José y Román Rodríguez. El movimiento cristero. Sociedad y conflicto en los altos de Jalisco. 1ª ed. México, 1979. Ed. Nueva imagen.

Fonseca, Alfonso. La guerra cristera en Arandas. 1926-1929. 1ª ed. Arandas, Jal. Ed. Tierra mía. Colección NUESTRA TIERRA no. 3.

González, Luis. “Ciudades y villas del Bajío colonial”, 1980. Relaciones, vol. 1, no. 4, Mich, Zamora, Mich.

González, J.J. 1930. “Los cristeros”, citado por Rius Facius Antonio 1960. Méjico cristero. Historia de la ACJM. 1925 a 1931. Patria, México.

Gutiérrez, José G. Mis recuerdos de la gesta cristera. 2ª ed. México, 1975.

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López Beltrán, Lauro. La persecución religiosa en México. 1ª ed. México, 1987. Ed. Tradición.

Macías, Alejandro 2006, “Condiciones actuales de la identidad en el sur de Jalisco”, en: Macías, Castolo y Murguía. El sur de Jalisco: identidad y riqueza cultural. Archivo histórico municipal de Zapotlán, El Grande, Jalisco.

Macías, Enriqueta. 2001. En Acuña C. 2006. Cien años de educación cristiana en Colima, manuscrito Gobierno del estado de Colima, México.

Meyer, Jean. La cristiada. La vida cotidiana. 1ª ed. México, 1997. Ed. Clío.

Miller, Bárbara (1984). “The Role of Women in the Mexican Cristero Rebellion: Las Señoras y las Religiosas”, The Americas 40

Munari, Tiberio María. Derramaron su sangre por Cristo. Los jaliscienses siervos de Dios. 4ª ed. Guadalajara, Jal.

Navarrete, Heriberto. S.j. Por Dios y por la patria. 3ª ed. México, 1973. Ed. Jus. S.A.

Reyes Galván, Lourdes A. La autoestima de la mujer al interior de una congregación: 20 años de vida religiosa, tesis de maestría en Desarrollo humano, CEHUS, 2007. Guadalajara, México.

Rulfo, Juan. El llano en llamas. La noche que lo dejaron solo. 2ª ed. México, 1980. Ed. FCE.

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Vaca, Agustín. “Los Silencios de la Historia”, las Cristeras. El Colegio de Jalisco. 1998. Ed. Ágata. Guadalajara, Jal. México.

Villanueva Gema, Inés F. “76 Aniversario Fundación de las Brigadas de Santa Juana de Arco, 21 junio de 1927, 21 de junio de 2003”, (2003).  Consulta, 19/12/2012, en: http://www.uag.mx/item/junio2003/recordando2.htm

 

 


[1] Enrique Guerra Manzo (El fuego sagrado. La segunda Cristiada y el caso de Michoacán (1931-1938). UAM-Xochimilco, H. Méx, 2005) afirma: “se trató de un actor que buscó jugar su propio una región rica en expresiones culturales representativas de las identidades de sus pueblos […] la identidad colectiva es el conjunto de repertorios culturales interiorizados (representaciones, valores, símbolos, etc.), a través de los cuales los actores sociales (individuos o colectivos) demarcan simbólicamente sus fronteras y se distinguen de los demás actores en una situación determinada, todo ello en contextos históricamente específicos y socialmente estructurados”.

[2] Una característica de los movimientos sociales son las demandas de sus participantes, cabe preguntarse por la voz de las mujeres.

[3] Cofradías y asociaciones católicas, contamos al menos doce: del Santísimo, Sagrada Familia, Nuestra Señora del Carmen, Animas, Sangre de Cristo, Merced, Rosario, Guadalupana, Josefina, entre otras.

[4] Ciertos municipios de los estados de Jalisco y de Michoacán se consideran región Colimense, por la similitud de costumbres e ideas y por la cercanía política y económica con la capital del estado.

[5] Díaz, José y Román Rodríguez. El movimiento cristero. Sociedad y conflicto en los altos de Jalisco. 1ª ed. México, 1979. Ed. Nueva imagen

[7] Sobrenombre que reciben los miembros del movimiento Acción Católica Juvenil Mexicana. (ACJM)

[8] Biografías de los beatos Jorge y Ramón Vargas González

[9] Biografía de Luis Padilla Gómez

[10] Biografía del Beato José Sánchez del Río

[11] Arreguin de Hernández Concepción. Entrevista grabada, agosto, 1992.

Acerca de Héctor Valadez
Estudiante de Historia que ya estudió Derecho, Filosofía y Psicología. Profesor de Geografía, Historia y Formación cívica y ética en el Centro Educativo Juan Sebastián Bach

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